El viejo que quería compañía

 Crítica a El viejo y el mar

Santiago, el pescador, amaba y disfrutaba del mar como nadie. Lo respetaba y hasta conversaba con él, le agradecía lo que le daba, le lanzaba cumplidos por su grandeza. Quien hubiera escuchado a Santiago, hubiera asumido que el viejo hombre no hubiera preferido más compañía que de las olas del mar. Sin embargo, Santiago se sentía solo en medio de una infinidad del océano.

Es así que conocemos a Manolín, un joven que aprecia al viejo porque le enseñó a pescar, pero que ya no lo acompaña en sus viajes debido al pobre desempeño que Santiago está teniendo.

El viejo lo comprende, encerrándose nuevamente en la soledad del mar.

Santiago extraña a Manolín, pero no se siente digno de su compañía, entonces se adentra en el mar, a pescar para comer y demostrar que aún es útil y, por ende, merece compañía.

La travesía lo lleva al delirio en soledad, al agotamiento extremo en medio de la nada y siempre solo.

Al retornar al pueblo, maltrecho y con el espinazo del pez, Santiago asume que ese es el final que merece: derrotado y abandonado en su miseria; no obstante, es tan grande la admiración que su odisea le causa a todos que el mismo Manolín aparece y le promete más viajes de aventura, le promete compañía y aquella promesa le da paz a la turbulenta alma de Santiago y, pese a la abertura del final, puede intuirse que la compañía de Manolín es el colchón que tanto necesitaba el viejo para decirle adiós a la soledad del mar y finalmente, descansar.

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